El otro día se me acumularon los recuerdos. Había nevado y me trajo a la memoria la primera nevada con que nos acogió nuestra nueva casa, y recordé las fotos que hiciste. Y la añoranza que en estos días se agudiza aún más me hicieron entristecer.
Después, la radio estaba sintonizada, como siempre, en Radio Nacional de España y, de repente, una interferencia trajo una canción: «Esperaré»
Era una versión de Presuntos Implicados. Sí, aquel grupo de «Cómo hemos cambiado», uno de los CD’s que regalamos a papá por Reyes. Esa broma que siempre le hacíamos sobre los regalos con mensaje.
Enseguida pensé que era un mensaje. Uno de tus mensajes en uno de mis días tristes. Ni siquiera pude escribir en ese momento.
No sé si eres tú quien me espera o soy yo la que te esperaré
Esperaré
a que sientas lo mismo que yo,
a que a la luna la mires del mismo color.
Esperaré
que adivines mis versos de amor,
a que en mis brazos encuentres calor.
Esperaré
a que yayas por donde yo voy,
a que tu alma me des como yo te la doy.
Esperaré
a que aprendas de noche a soñar,
a que de pronto me quieras besar.
Esperaré
que las manos me quieras tomar,
que en tu recuerdo me quieras por siempre llevar
que mi presencia sea el mundo que quieras sentir,
que un día no puedas sin mi amor vivir.
Esperaré
a que sientas nostalgia por mí,
a que me pidas que no me separe de ti.
Tal vez jamás seas tú de mí
más yo mi amor, esperaré.
(Armando Manzanero)
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
Publicado miércoles, 23 de diciembre de 2009 22:29 por FZ madredHelena.
(Navidad 1997. Primera Navidad en nuestra nueva casa. Helena felicitaba a todos los vecinos. Tenía 13 años)
No aguanto el «Vuelve a casa vuelve…» Ese anuncio debería estar prohibido. Cada año les escribo y les pido que por favor que lo cambien. Que seguiremos comprando turrón igualmente, pero sin él. Que es más el dolor que produce que seguro los ingresos. Que piensen que en todos los hogares siempre hay alguien que no vuelven en Navidad. Que no nos hagan sufrir más. Pero todos los años se me olvida enviar la carta a tiempo y cuando quiero darme cuenta ya está en la televisión el dichoso «vuelve».
Hoy, una madre y un padre, me mandaban el mismo texto. Se trata de una reflexión sobre qué hacer para que estas fiestas no nos produzcan más dolor. Y yo la comparto con los padres y las madres que, en estos días, tendrán una o más sillas vacías en sus mesas.
Desconozco su autor:
NAVIDAD, REACCIONES DE ANIVERSARIO Y OTRAS FECHAS CONMEMORATIVAS
Nuestra vida está llena de días especiales, tanto en relación con otros como con las circunstancias que nos rodean, y que nos recuerdan o actualizan la pérdida de un ser querido de una forma aguda; estos días, colectivamente conocidos como «días festivos», las fiestas nacionales, la pascua y la semana santa, las reuniones familiares anuales, los aniversarios, los cumpleaños, el día del trabajo, el cambio de estación, el día de los difuntos, día de la semana en que falleció, hora del fallecimiento, otros días conmemorativos y, muy particularmente, la navidad.
Nuestras tradiciones, rituales y aún la comida especial de ese día son un recuerdo constante de nuestra pérdida. Son épocas del año en donde los sentimientos de pérdida se ven siempre magnificados, si bien más en unos días que en otros según las propias tradiciones familiares. Algunas veces no somos conscientes de ello y del cómo nos afectan, incluida la aflicción anticipatoria: ante los días especiales, no es extraño que se anticipe el malestar unos días antes y se sienta uno mal antes de que ellos sucedan, durante y unos días después. Estamos más irritables, deprimidos y ansiosos y los niveles de energía disminuyen.
Cualquiera que sea nuestra edad o el tipo de pérdida, los días festivos sin la persona amada serán ciertamente muy difíciles. Las antiguas costumbres se han terminado y nunca se repetirán de la misma manera. La risa, antes tan fácil, fluida y natural, puede llegar a ser solo una mueca o perderse totalmente; dar regalos, alguna vez tan divertido, puede parecer vacío y triste, carente de sentido; las canciones familiares, a veces tan reconfortantes, pueden atragantarse y acompañarse de lágrimas y un intenso anhelo. En verdad, hay algo de dolor que cuelga de la alegría que otros sienten: es difícil estar sin la persona amada y tener que ajustarse a esa nueva tradición por obligación y sin quererlo. Todo esto suele acompañarse de una gran cantidad de angustiantes preguntas: ¿Qué es lo que me está pasando? ¿Si seré capaz de aguantar esto? ¿Realmente deseo sobrevivir a esto? ¿Lo que siento es normal? ¿Me estoy enloqueciendo? Además, los festivos añaden su propia carga de preguntas. Es importante reconocer que hay muy pocas respuestas que sean universalmente buenas o malas a estas preguntas; en realidad, pueden haber muchas, dependiendo en parte de factores únicos a la situación existencial particular de cada uno.
En la primera celebración de uno de estos días sin el ser querido nos duele todo con cada pensamiento de celebración: duele el cuerpo, el alma, el espíritu, el pasado, el presente, el futuro, etc.; en verdad, suele ser muy difícil encontrar una forma de celebración reconfortante. Aunque se hayan ensayado todo tipo de cosas que se supone sirven para enfrentarse a la perspectiva de un día especial sin el ser querido, nada parece servir ni adaptarse a nuestra nueva circunstancia. Todo lo que se quiere es «pasar de una vez» toda esa época que ahora es diferente y molesta y «despertar varios días después». No encontramos paz y tranquilidad en ningún tipo de celebración; se llora con cada adorno que se pone en el árbol de navidad, con cada pastel cocinado, con cada vela encendida, con cada rosa recibida. Se siente rabia contra el destino o contra dios por permitir que una vida tan feliz y tranquila tomara ese rumbo; hay pesadumbre y deseos de que todo el mundo sienta el dolor que nos embarga. Estos días, días de reunión familiar, son días donde realmente caemos en cuenta del vacío existente: el ver continuamente el regalo perfecto para nuestro familiar ausente repentina y repetidamente nos recuerda que ellos ya no estarán más.
Aunque cada experiencia de pérdida es diferente, las fiestas provocan en nosotros dos tipos de sentimientos encontrados: por un lado, son un tiempo del año en que cada uno espera que todos los miembros de la familia estén juntos; por el otro, con su celebración llega a ser claramente doloroso que alguien falta. Somos conscientes de que enfrentar las fiestas es una parte necesaria para la curación del dolor, por ello puede ser frustrante el pretender que todo siga siendo como antes era: qué duda cabe que mucho o todo será diferente: «… ya las luces de navidad no brillarán como lo hacían antes». Sabemos que no podemos escapar del dolor ni esconder la verdad de lo inevitable de los cambios que se avecinan; todo lo que podemos hacer es ajustar nuestra actitud y cambiar nuestro estado mental. Y esto no es lo más fácil.
La pérdida de un ser querido nos deja con la sensación de pérdida de control de nuestro mundo, nuestra realidad, nuestro sentido de la vida y aún de nuestra personalidad.
Si las tradiciones de las fiestas le producen un dolor intolerable, recuerde que usted tiene el poder de modificar y confeccionar sus propias fiestas de forma que se vean cumplidas sus expectativas actuales. Coja lo que le guste y deje lo que no. Al hacerlo así, se sentirá menos abrumado y estresado, menos deprimido y más capaz de tener unas fiestas tranquilas. Cada uno de nosotros debe encontrar su propia zona de confort, zona que puede ser radicalmente diferente de año en año. Nuestra preocupación somos nosotros mismos y nuestra familia inmediata. Se trata de encontrar conjuntamente la mejor forma de pasar las fiestas con el menor dolor posible. Sin duda apreciamos al resto de la familia, a nuestros amigos y compañeros de trabajo, pero no necesitamos hacer nuestros planes alrededor de sus necesidades sino de las nuestras.
Ciertamente nada puede remplazar al ser querido perdido, pero hay cosas que pueden hacer menos pesados y terribles estos días. Recuerde que muchas otras personas se han enfrentado con lo que usted está encarando ahora mismo, y ellos han aprendido que es posible pasar a través de estas fechas y sobrevivir, incluso crecer a través de esta experiencia. Lo que ellos han aprendido es algo que usted puede aprender ahora; la forma en que ellos lo han hecho son formas que usted también puede adoptar.
Debido a que la celebración de las fiestas será muy traumática para unos y reconfortante para otros, será bueno que organice una reunión familiar para discutir la mejor forma de proceder. Deje que todos expresen sus sentimientos, pensamientos, necesidades y deseos sobre la mejor forma de celebrar las fiestas. La decisión sobre qué hacer deberá ser una decisión familiar por consenso, presencial, por teléfono o mediante delegación del voto; será entre todos los integrantes de la familia que decidirán cuáles tradiciones familiares continuarán y cuáles serán las nuevas que incorporarán. Una vez hayan decidido qué harán usted y su familia inmediata, comuníqueselo al resto de la familia y amigos; así se evitarán mal entendidos y los asistentes podrán obrar con propiedad. Finalmente, reconozca que no será fácil pasar estos días, no se ponga expectativas muy altas para usted y no se obligue a pensar que estará muy bien; además, no sea muy estricto en lo que se «debe hacer» estos días; es mejor que haga solo aquellas cosas que sean importantes o significativas para usted y su familia, así sea poco habitual o extraño. Si el hacer una determinada actividad le sienta mal, es mejor que no la siga haciendo y establezca sus propios límites.
Y esta era mi felicitación para las madres y padres que han perdido algún hijo:
Queridos padres y madres:
No digáis nada que no quiera salir de vuestros labios.
No celebréis nada que no queráis celebrar.
No deseéis para los demás algo que no tenemos.
Pero más difícil es vivir y lo hacemos, entonces, ¿por qué no vamos a poder decir a los que sí tienen motivo para ello Felices Fiestas?
Haz sólo lo que te salga, nadie puede exigirte más.
Yo, por mi parte he escrito la felicitación que me preocupa:
Belén es una de esas jóvenes inteligentes que he ido encontrando en mi camino después de la pérdida de Helena. Ha sido compañera, pero aventajada, en mi experiencia de aprendiza de escritora y, como decía, con mucha ventaja pues ella ya ha editado su primera novela.
¡Cuanto he sentido perderme esta fiesta! Pero no me perderé la lectura de esa novela.
Querida Belén, te deseo muchos éxitos. Y estoy segura de que los vas a tener.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
Publicado sábado, 19 de diciembre de 2009 20:03 por FZ madredHelena.
Edu murió casi al comenzar el día 11 de diciembre de 2005. Tenía 22 años, uno más que Helena.
Este aniversario no lo recuerdo por mi archivo, sino porque la madre de Edu me lo ha recordado y me ha enviado una carta para Edu:
Esta noche a las 12.05 hace 4 años que te fuiste y todavía no me lo puedo creer que no volveré a verte ni oír tu voz. Tu cuarto esta todavía como tu lo dejaste y así seguirá mientras yo viva. ¡Cuánto te echo de menos, cuánta falta me haces! Este vacío en mi corazón no lo podrá llenar nadie. Tu sobrina cada día se acuerda mas de ti, tu hermana a perdido el brillo de sus ojos, tu hermano siempre habla de ti como si estuvieras y papa siempre esta pensativo. Tus amigos no te olvidan y yo que te puedo decir mi vida que no te haya dicho ya.
Sólo me queda decirte que me esperes, que tarde lo tarde querré estar a tu lado, mi niño.
Cariño te quiere mamá
Manoli madre de EDU
(Edu. Foto facilitada por su madre)
Un fuerte abrazo que no compensa, pero arropa.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
Publicado viernes, 11 de diciembre de 2009 6:07 por FZ madredHelena.
La esquela de Isabel dice que tenía 23 años y era estudiante de Ingeniería Industrial en la Universidad de Sevilla.
Aunque parezca macabro, desde hace 4 años recopilo datos de los siniestros de tráfico que se van produciendo. Primero lo hacía en papel, después en el ordenador y ahora a través de las Alertas de Google. Pero esta vez no he podido comprobar la noticia correspondiente a Isabel porque el ordenador donde tengo los datos se me ha estropeado. He tratado de buscarlo en Internet pero lo que he encontrado ha sido la lista de sus notas como estudiante de ingeniería.
¡Qué tristeza tener que publicar este tipo de esquelas! ¡Cuánto dolor para las familias y los amigos!
Pero me parecen muy valientes y meritorias estas esquelas, porque tal vez con ellas consigamos, también, que la sociedad siga concienciándose.
(Visto en El País del 9.12.2009)
Vuestro dolor es también el mío, porque, antes, ya fui yo.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
Publicado miércoles, 09 de diciembre de 2009 20:38 por FZ madredHelena.
«Las Chicas de Oro» es un grupo de mujeres que han perdido algún hijo en diferentes circunstancias y se ayudan entre si para salir adelante de este trance.
A través del correo electrónico comparten sus vivencias del día a día y se ayudan a levantar mutuamente, cada vez que el estado de ánimo flojea.
Hasta ahora, no todas se conocían, pero el pasado puente de las Constitución han tenido un «congreso» en una de las ciudades más bonita de la Mancha: Almagro, y se han puesto cara.
Yo he tenido el privilegio de ser invitada.
Pero no todas las integrantes de este grupo se han podido reunir, pues algunas viven al otro lado del mar (Argentina, Chile, Mexico, Venezuela, Florida, etc.). Aún así, allí nos hemos reunido madres de Galicia, Teruel, Madrid, Ciudad Real, País Vasco.
Y detrás de ese grupo de mujeres, los hombres. Esos que parece que no sienten ni padecen. Esos que no lloran. Sólo cuando nadie les ve. Los hombres que apoyan a esas mujeres en sus campañas de concienciación, de ayuda en el duelo… Y, pensando en la tierra en que se reunían, hombres y mujeres que, a pesar de su dolor, realizan campañas como las de su amigo D. Quijote, que más parecieran campañas de locos, pero que tienen mucha cordura y un solo fin: ayudar a otros.
Queridas Chicas de Oro, gracias.
¡Cuánta fuerza da el dolor!
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena
Publicado miércoles, 09 de diciembre de 2009 5:38 por FZ madrdHelena.
Pocas veces tengo la oportunidad de hablar, transcribir, contar, sobre los sentimientos de un padre que haya perdido a un hijo.
Este blog, casi siempre, habla de madres, pero detrás de una madre sin un hijo suele haber un padre que se esconde, que se aguanta el llanto, porque los hombres no lloran, porque los hombres son fuertes, pero que sufren.
El día 8 de Mayo de 2008 mi hija falleció con 11 años de cáncer. Es difícil expresar lo que ocurre dentro de un padre, de una persona dañada en lo más íntimo, y una vez más me apoyaré en una canción y dejaré que ésta me sirva de guía y decir cómo estoy después de 18 meses. Esta carta sería la transcripción de una conversación imaginaria con mi hija Irene:
A veces me elevo y doy mil volteretas, creo que por unos instantes he conseguido olvidar el hueco que dejó tu partida, pero en una de esas volteretas me reencuentro contigo, cualquier aroma, una foto, un instante ,un recuerdo, ver una mariposa es pensar en ti, uno piensa en lo que le ocurre y de repente deseo hablarte o hablar con mi gente, y otras veces me encierro tras mis puertas abiertas, esas puertas abiertas serían una máscara, un personaje que te creas para poder vivir cada día, tal vez sería más correcto decir sobrevivir, abres la puertas y no dejas entrar a nadie, no deseo que nadie pase dentro de mí, ni necesito salir… o… SÍ.
A veces te cuento por qué este silencio, pero de repente recuerdo que no es necesario que te diga nada, creo profundamente que tú siempre estás conmigo, sé que para ti ahora ya soy transparente, sientes, ves y oyes cada momento mío, sólo me queda rendirme a ti, de alguna manera eso me reconforta, saber, sentir que al menos tú sí sabes todo de mí, y aun estando en silencio me siento escuchado por ti. Entendería que cualquier persona que no esté pasando por algo similar tuviera la sensación de estar leyendo el relato de un loco, de un hombre con disociación, ja ja ja, sé que alguien sonreirá al leer este extraño “palabro”, en fin, y es que a veces soy tuyo y a veces del viento, soy tuyo porque estás dentro de mí o yo de ti, y a veces espero que el viento me adopte y me haga volar, cerrar los ojos y permitir que él me lleve, imaginar que coincidiremos en no sé muy bien dónde. A veces es un hilo lo que me une a ti y a veces son cientos, te necesito tan cerca, que no hallo consuelo ni alegría en casi nada, y hay veces, mi vida, te juro que pienso ¿por qué es tan difícil sentir como siento? A veces me enfado con el mundo, con Dios, contigo, conmigo, me esfuerzo por asumir tu ausencia física pero no es sencillo, a veces te miro, te busco y a veces te dejas sentir, te presiento, te noto.
Me prestas tus alas y vuelo contra el viento, porque sé que aún no volaremos físicamente juntos y no siempre me consuela volar “virtualmente” contigo, casi nunca me fallas y cada vez que te busco… te encuentro, pero a veces deseo ser tuyo y a veces… de NADIE, a veces te juro de veras que siento no haberte dado mi vida entera, haberte dado sólo momentos. Pero a día de hoy aún me ocurre, no siempre consigo estar contigo, a veces mis pensamientos, mis sentimientos están dispersos, descolocados, desorganizados, ¿por qué es tan difícil vivir?… Sólo es eso, vivir.
Cuando nadie me ve puedo ser o no ser, es más fácil para mí estar contigo en la intimidad, poder ser yo, tal cual, poner el mundo al revés y volver a estar contigo. Cuando nadie me ve no me limita la piel, solos tu y yo, sin cuerpo, tan sólo dos almas que se buscan y luchan por encontrarse. Cuando nadie me ve, puedo ser tierno o tirano, puedo ser padre o huérfano de hija, puedo ser lo que me pida en ese instante mi raza.
Sabes que esta historia la escribo desde los centros de mi propia existencia, tal vez seas tú misma quien pregonas lo que tu produces en mi interior, ahora sólo tú sabes dónde me nacen las ansias, mi infinita esencia, hay cosas mías que ni yo mismo comprendo, tal vez contigo aprendí a mirarme por dentro y ahora intento comprenderme, supongo que siempre pensé que no las tenía… en fin no entiendo mi vida, sólo creo saber que cada día gracias a ti soy más sensible y cuando nadie me ve puedo estar contigo tal cual, no necesito ni luz ni taquígrafos. Así, a oscuras, tú y yo, y por favor, Irene, no enciendas la luz que aún tengo desnudos el alma y el cuerpo y todo me hace daño.
Cuando nadie me ve… tú ya sabes que pienso en ti también. Aunque la humanidad crea que el tiempo borra los recuerdos, cada día el recuerdo es mayor, tu ausencia causa más dolor y si era posible siento por ti más amor.
Cuando nadie me ve… puedo ser o no ser, puedo ser YO o ser nosotros.
Cuando nadie me ve puedo susurrarte que sólo el tiempo podrá limitarme lo que ambos compartimos.
…Y ahora que un poco me veis los demás, sabed que siempre la amaré.
Aquí tenéis un vídeo de esta canción, pinchar el enlace y… disfrutar de en mi opinión una curiosa manera de mirar hacia dentro:
http://www.youtube.com/watch?v=BE-lF-7vwDc
El padre de Irene apunta una dirección para poder escuchar esta canción. Yo he encontrado otro link en la que se puede disfrutar de mejor sonido.
Gracias, padre de Irene, por esta hermosa carta.
Observo que en ella no aparece tu nombre, quizás porque parecido a mi caso, yo comencé a ser Flor, madre de Helena cuando Helena dejo de poder llamarme «mamy». Porque nunca nos consideraremos más padres que en este momento.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
Publicado martes, 08 de diciembre de 2009 8:59 por FZ madredHelena.
Se cumple el quinto aniversario de la muerte de Selene, Ariadna y Miriam en accidente de tráfico. Así figuraba en la esquela que hoy día 3 de Diciembre de 2009 publicaba El País.
No tenía control de este aniversario porque, cuando sucedió, yo aún no andaba en este drama. Ellas murieron 4 meses antes que Helena. Por entonces, probablemente, aún no reparaba en estas muertes.
Pero hoy sí lo hacía ante esa esquela. Me recordaba mucho a otra. La que publicamos nosotros en Abril de 2006. Después ha habido otras.
La DGT debería subvencionarnos la publicación de estas esquelas porque, estoy convencida, son verdaderas campañas de concienciación, más efectivas que las campañas más caras de la propia DGT y muy dolorosas para los padres.
«El paso del tiempo no aminora nuestro dolor». ¡Cuánta razón!
Un fuerte abrazo, compañeros de infortunio.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, que murió por el alcohol que otro tomó.
(Selene y Ariadna, nombres griegos, como Helena)
Publicado jueves, 03 de diciembre de 2009 20:47 por FZ madredHelena
Cuando el ciclo de la vida se rompe y se altera, todo se trastoca y las cosas más normales, por las que todos tenemos que pasar, se convierten en extrañas. Se hacen y adquieren un valor diferente.
Los que hemos dejado de ser padres para convertimos en madres y padres sin hijos, igual que perdemos el gusto por situaciones, eventos y placeres que antes nos producían bienestar y con los que disfrutábamos, también dejamos de querer ser hijos.
Llega un momento que aquellos que nos dieron la vida y que habrían dado la suya por la nuestra, se hacen indefensos y están a merced de nosotros, sus hijos. Así nos convertimos en Padres de nuestros padres.
Sí, habéis leído bien: Padres de nuestros padres. Pero, ¿cómo vamos a ser padres de nuestros padres si nosotros no podremos convertirnos en hijos de nuestros hijos?
Y no es una cuestión de egoísmo, es, simplemente, la falta de un paso en ese ciclo de la vida.
Por eso, esta labor, que no es fácil, se vuelve casi imposible, cuando los nuevos cuidadores no tienen la esperanza, el futuro, la seguridad de que también sus hijos harán de padres, porque ellos ya no tienen hijos.
Entonces, irremediablemente, la labor es aún más difícil y esos cuidados que nunca serán fructíferos porque en ellos, nuestros mayores, no se cumplirá la alegría de un paso nuevo, la pronunciación de una nueva palabra, sino todo lo contrario, cada día un paso menos y una palabra más olvidada, nos producen una mayor pena y tristeza. Y ellos, nuestros mayores, además de haber sufrido la pérdida de unos nietos, tienen que luchar, ahora, en sus últimos momentos, con la irracionalidad de que todos piensen que más que nunca lo de ellos es de lo más normal, porque ya cumplieron su ciclo.
Ellos tuvieron mucha suerte: fueron padres y abuelos. Nosotros nunca lo seremos.
Por eso, los culpables de quitar la vida a nuestros hijos, no saben hasta donde llega el daño que producen.
Carmen, la madre de Néstor, que sabe que yo padezco de ese mal, me mando ayer este mensaje de “Paciencia”.
Para todos esos abuelos que perdieron a sus nietos y que aún los recuerdan, aunque hayan perdido otros recuerdos. Para todos aquellos hijos que no quieren ejercer de hijos-padres. Y para mis padres, a los que tanto quiero.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
Gracias, Carmen.
Publicado sábado, 28 de noviembre de 2009 8:00 por FZ madredHelena