La Ventanilla

Como ya sabéis, de pequeñita yo vivía en una mina. Sí, sí, ya sé que no era dentro de la mina, sino en una de esas seis casas que existían en las dependencias del pozo de mina, pero a mí me gusta contarlo así.

Durante tiempo, era la única niña que existía en ese lugar y tuve que inventarme historias, amiguitos y juegos con los que entretener mi vida. Hacía una segunda voz para replicar mis comentarios y así no echaba en falta un compañero de juego.

Y uno de mis juegos favoritos era ponerme frente a una silla, apoyarme en su asiento a especie de mostrador, y utilizar el respaldo de la misma como si fuera una ventanilla. Y a través de ella, vender, ser empleado en una oficina, una farmacia, etc.

Porque cuando yo era una niña,  mi mundo fuera de casa, estaba siempre separado por un mostrador, aveces con vitrina y en algunos casos, con una ventanilla. Alguna farmacia; muy frecuentada por mis padres a causa de mis ”maluras”; alguna mercería, donde mi madre compraba esos hilos de diferentes colores, o donde le forraban los botones con la tela del vestido que me hacía; el taller del relojero; o alguna de aquellas tiendas que vendían las legumbres, el bacalao, las latas en conservas o el aceite, muchas tenían una separación de cristal, a cierta altura, y un hueco en el centro, por donde le daban a mamá lo que compraba.

Y la oficina de la mina, cada mes, pagaba a los mineros lo hacía a través de un ventanuco. Y una pobre con una pierna de chapa (como la de un robot), se ponía allí para que alguno de los mineros le diera algún centimillo. Cuando ya éramos más niños en aquel lugar, esta era una forma de diversión para nosotros. Ver la aglomeración de hombres, haciendo cola para cobrar. Algunos, aprovechando que acababan de terminar su turno, podíamos verlos con la cara aún negra y el casco puesto.  

Y cuando fui más mayor, conocí algún bancos que también tenían estas ventanitas.

Más de sesenta años después, he conocido cual fue, en principio, el origen y el motivo de esta forma de separación entre el vendedor y el cliente, entre el administrador y el empleado.

Sí, prácticamente el mismo que ahora mismo está llevando a poner mamparas en supermercados, farmacias, cafeterías o tiendas: otras epidemias.

Creo que aquellas que recuerdo eran los restos que quedaban de lo que en su día fue para evitar el contagio de la tuberculosis.

Y también creo que por los años 80-90, muchas farmacias las pusieron, pero esta vez fue por otra epidemia: la de la droga.

Después, «la ventanilla» estuvo siempre ligada a la Administración y al funcionario. Hay, chistes, viñetas, escritos y hasta canciones, sobre este tema.

Así que para los que tenemos muchos años,  esta nueva transformación de la sociedad en mamparas de cristal o metacrilato, sí, más modernas o más abiertas, no es una novedad. Claro que, entonces, yo le pedía a mi madre que me aupara para poder ver lo que había más allá del mostrador o de la ventanilla,  y ahora ya no me puede aupar nadie, ni tengo a quién aupar.

Y también hay otra gran diferencia. Esas cintas que colgaban del techo como si fuera una especie de tripa (para los niños de entonces), semejante a un rollo de cinta Celo (para los niños de ahora), y cuya misión era que se quedaran pegadas las moscas, en aquellos locales donde se vendía comida.

Y lo que seguirá igual es que, entonces, para mí el mundo era enorme e inalcanzable, y ahora, nuevamente, el mundo se me hace inalcanzable porque ya no me queda demasiado tiempo.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por la acción de un conductor con alcohol.

www.quieroconducirquierovivir.com

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Acerca de Flor Zapata

Desde Abril de 2005, soy Flor Zapata, madre de Helena. Ese es mi pie de firma desde que escribo para concienciar sobre los peligros de una conducción no responsable.
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