Dieciséis años

Querida hija, si los cielos se hundieran,  si la tierra se abriera a mis pies, si los mares se secaran, y los ríos de desbordaran, no me sentiría peor de lo que ya me siento. Seguir leyendo

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Lo Que Nos Une

Imagen de «Madres sin hijos», autora Celsa Sánchez

Dicen que el dolor ensucia, pero también une, a veces, más que lazos de sangre.

He contado muchas veces, que este blog surgió para que, la mano que mece la cuna (ahora este comentario está desfasado, porque ya muchos hombres mecen la cuna), pudieran leer las reflexiones que hacía en otra sección del medio de comunicación dónde me publicaban el blog ¡Quiero Conducir, Quiero Vivir!, que era una sección dedicada al mundo del motor, y por añadidura, más para los hombres. Y yo quería llegar a concienciar más allá de a los hombres.

Después, «Madres sin hijos» se convirtió en un refugio para todas aquellas madres que había perdido algún hijo, fuera por el motivo que fuera.

Y durante estos quince años, este blog ha servido para unir a muchas madres que se han conocido a través de él y de su homologo grupo en Facebook. Y yo he procurado, en la medida de lo posible, ir conociendo en persona a aquellas madres de las que he hablado en algún momento, aquí, de su pérdida, de su caso, o de su injusticia.

Pero, por desgracia, incluso la vida me tenía preparado que a alguna madre la conocería mucho antes de comenzar mi tragedia, y este blog.

Así sucede con Violeta, la madre de Sandra, una madre que conocí en una de esas actividades extraescolares que las madres hacemos con los hijos.

Creo que mi hija hizo casi todas las que se pueden hacer: piscina, tenis, piano, baile… Y violeta era una de las madres de piscina. Después, los niños crecieron, cambio de piso, etc., y se pierden los contactos . Hasta un día como hoy, dos años después de que mataran a Helena, cuando ya no dormía, me sobresaltan las sirenas, y pensaba, otros se han quedado en la carretera, en el que me entero que, esta vez, habían sido tres jóvenes, y poco después, que entre ellos, está Sandra, aquella niña que casi siendo un bebé, conocí en la etapa de la piscina.

Sandra salió a celebrar su cumple. Le faltaban dos días para celebrarlo, pero se adelantaba porque era fin de semana. Probablemente fue un exceso de juventud, o el destino para quien cree en él.

Pero otras madres las he ido conociendo en mi afán de paliar el dolor que yo he sentido, sentí, siento, y que en su momento no encontré tan fácilmente consuelo, porque las madres que perdíamos a nuestros hijos en la carretera, o por una enfermedad, no éramos famosas, no salíamos en los periódicos, no podías contactar con ellas.

Dice mi amiga Oliva que fui una atrevida. Quedé con ella en una estación. No nos conocíamos de nada, pero escribí sobre el siniestro en el que murió su hija, Lola, de la que hoy también es su aniversario. Ella contactó con el blog, y allá que me fui yo a conocerla. Y desde entonces, ha habido otros encuentros y muchas llamadas de teléfono. Oliva es la madre que cada año corre en la carrera Ponle Freno, con una foto de nuestros niños en su espalda.

Oliva y las víctimas de siniestros viales

Hace unos días recibí un audio de una madre del grupo, dándome las gracias por este blog, por el grupo, y alabando mi labor. Me pedía que que lo transcribiera en el grupo, pero no lo hice porque, a veces, siento vergüenza de que puedan pensar que me doy importancia. Y porque considero que ellas me han ayudado mucho más a mí que yo a ellas.

Este blog, en el que cada día me cuesta más escribir, porque llorar con las palabras cada vez es más insoportable, nos ha unido a muchas madres. Algunas tienen más hijos, no son realmente «madres sin hijos» como yo, pero este término irá siempre acuñado a la pérdida de un hijo, y a lo que nos une a las que lo hemos vivido.

Queridas Violeta y Oliva, hoy, más que nunca, estoy con vosotras. Un fuerte abrazo, ahora que no nos podemos abrazar.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por la acción de un conductor borracho.

www.quieroconducirquierovivir.com

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Ana Obregón, Una Madre Sin Hijos

Madres sin hijos

El fin de año en televisión, siempre, nos depara parejas famosas, a veces imposibles, con vestidos deslumbrantes, o casi sin ellos, con caras radiantes de alegría, y gritándonos felicidad con copas de champán, a no se sabe quién, desde una pantalla.

Después, varios días serán noticias, por lo que dijeron bien, o mal, por los vestidos, o por la falta de tela de los mismos.

Este año, televisión española nos ofreció algo distinto, la pareja eran dos mujeres. Dos madres, una de ellas sin hijos, que quiso mostrar su dolor y reivindicación. Y esto también ha sido polémica para algunos.

Ana Obregón, una madre sin hijos como tantas miles que teníamos solo un hijo, o hija, y los hemos perdido, aprovechó el momento para mandar un beso a su hijo, que se ha marchado este año, por culpa del maldito cáncer.

Y solo hizo lo que otras madres famosas, conocidas,  del mundo del espectáculo, los medios de comunicación, o mujeres de famosos deportistas, etc., hacen para visibilizar las enfermedades, muertes, o situaciones especiales de sus hijos.

Desde mi opinión, Ana utilizó su tiempo muy bien. Pidió responsabilidad a todos en la pandemia, recordó a su hijo que ya no está, y pidió más inversión en investigación, en este caso, contra el cáncer.

Hizo lo que otras madres hacemos, pero por suerte o por desgracia, no somos conocidas y no estamos tan expuestas: intentar sobrevivir a su pérdida.

Somos “Madres sin hijos” porque solo teníamos uno, pero seguiremos siendo madres el resto de nuestras vidas. Lo que nos quede por vivir. Y necesitamos nombrar a nuestros hijos tantas veces como deseemos, o podamos. Y tocaremos la fibra sensible o hablaremos de nuestra desgracia si con ello ayudamos a salvar la vida de los hijos de otras madres. Le pese a quien le pese, nos critiquen, nos llamen locas o nos digan que esa no es forma de llevar luto. ¡Qué sabe nadie!

Y, por desgracias,  ojalá tuviéramos una madre famosa que luchara por los “Siniestros de Tráfico”, como lo hacen tantas otras por el cáncer o enfermedades raras. Pero, aunque las haya o hubiera, no se prestan a ello, porque para esta sociedad los consideran simples accidentes.

Querida Ana, mi solidaridad y mí abrazo. De otra madre sin hijos.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por la acción de un conductor borracho.

https://www.rtve.es/alacarta/videos/campanadas-de-fin-de-ano/ana-obregon-discurso-campanadas/5749922/

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Ser Madre en Tiempos de Pandemia

La pandemia del año 2020 ha traído mucho malo, también se ha llevado mucho bueno, y está claro que ha cambiado y cambiará el mundo.

La gran mayoría de la población, que no es rica (hace años que casi se creía que lo era), después de unos años de crisis y, ahora con esto, ha comenzado a plantearse que su vida debe cambiar.

Antes, la mayoría nos creíamos pobres, y como tal vivíamos.

Los huertos urbanos son una moda, pero lo que nos da de comer es el campo, y se comenzó a abandonar en nuestra generación, cuando nuestros padres se iban a la gran ciudad, buscando una mejor vida para nosotros, los hijos, en aquél momento. Y siguen abandonados.

Con la pandemia, algunas familias se han trasladado a los pueblos, para buscar una vida más sana, pero no lo van a tener fácil, porque eso ya lo tuvieron nuestros padres, los abuelos de los que ahora se trasladan, y era muy duro, había que trabajar mucho.

Ayer, veía por la tele a una joven que después de una intervención en la misma, contando los apuro que estaba pasando con la pandemia, había recibido tanta ayuda, de cosas que no necesitaba, que, a su vez, había formado un grupo de ayuda e intercambio.

No soy abuela, sino una madre sin hijos, pero por edad podría serlo, y desde que tengo recuerdos, en casa se heredaba todo. De las primas, de las madres, de las tías, de amigas… Y nuestros hijos, ya otros tiempos, con más miedos económicos, heredaban la ropa de hijos de amigas, o del hermano mayor, quien lo tenía. Y nos íbamos pasando ropa, cochecitos, cunas, juguetes…

No lo subíamos a Internet y lo vendíamos, lo compartíamos.

Ya iba siendo hora de acabar con este mundo de despilfarro y contaminación. Todo tiene una segunda oportunidad. La comida no se tira. Las cosas se reciclan. Siempre hay alguien peor que tú. Hay que guardar para tiempos peores. Si tienes uno, gástate medio. Son frases que nos inculcaron desde pequeñas, y aprendimos bien.

No me alegra que en estos momentos de pandemia haya tantas personas que lo estén pasando mal. Al revés, me entristece mucho. Nadie debería venir a ese mundo a pasarlo mal, en ningún sentido, pero va siendo hora de que alguien cuente que la vida nunca fue fácil, especialmente ahora que se están marchando los que verdaderamente lo pasaron tan mal. Ellos tuvieron una guerra, hambre, penurias, miedos.

Nosotros solo una pandemia, pero ni eso nos aparta de pensar solo en el día a día y en la diversión.

Por desgracia, se marcharon los de la guerra y el año del hambre. Pronto nos marcharemos los que estudiamos, progresamos y, ahora, en muchos casos, estamos sosteniendo a los hijos que no tienen un trabajo. Y después, no habrá los que sostenga a más hijos y nietos.

El dinero que reparte el gobierno no es de él. Ni el de la derecha ni el de la izquierda. No se genera con una maquinita o con una tarjeta. Es el dinero que pagamos todos con nuestros impuestos y toda una vida de trabajo. Y el día que no haya, no habrá ayudas. Y ahí se va a producir otra pandemia.

Perdonad que haya querido ejercer de «madre con hijos». Las que los tenéis, enseñadles algo más que les sea útil para el resto de sus vidas: «En una vida hay muchas vidas».

Feliz año nuevo, y bueno.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por la acción de un conductor con alcohol.

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No Más «Vuelve a Casa…»

Portada de «Madres sin hijos»

Este año,  más que nunca, el famoso “vuelve a casa…”, no puede volver a nuestras casas, porque son miles las personas que no pueden ni podrán volver. Porque están muertos. Sí muertos. Por la pandemia. Por la violencia. Vial, de Género, o cualquier otra violencia que produzca muerte.

Las Madres sin hijos llevamos años pidiendo que dejen de utilizar este maldito anuncio. Que ya es bastante el daño que nos hacen estas fechas de felicidad para unos, y de tristezas para otros.

Por favor, un año más, pero este especial, dejen de utilizar ese anuncio para vendernos un dulce que se nos atraganta.

Porque este año,  casi nadie vuelve a casa.

#Nomásvuelve

#Nomásanuncio

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena y madres, padres, hermanos, hermanas, hijos, hijas, esposos, esposas, que en sus casas tendrán muchas sillas vacías.

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Día Mundial en Recuerdo de la Víctimas de Siniestros de Tráfico

El lazo naranja de las víctimas de tráfico

Son ya muchos días de las víctimas en mi haber. En concreto dieciséis, porque el año que murió Helena, fuel el primer año que las Naciones Unidad instaron a los países a conmemorar este día.

Y desde entonces, han sido muchos días mundiales de preparación, de actividades, de escritura de manifiestos, con asociaciones, con policías, con otras madres, reivindicando y recordando, de forma presencial y otras de forma virtual.

Porque para eso es este día: Reivindicar y Recordar.

Este año, el Manifiesto no puede ser más reivindicativo, porque es el Manifiesto de muchas madres y padres víctimas. Sin paliativos, sin matices, sin resumen, sin procurar que las peticiones sean políticamente correctas. Es un manifiesto con la voz de las víctimas.

Este es el MANIFIESTO DE LAS MADRES DEL TERCER DOMINGO DE NOVIEMBRE:

MANIFIESTO DE LAS MADRES DEL TERCER DOMINGO DE NOVIEMBRE.

Este es el manifiesto de madres y familiares de víctimas de siniestros de tráfico en el año 2020.

Está dirigido a las autoridades, y no es un resumen, son las peticiones literales de un número de víctimas que en este día de recuerdo, quieren manifestar sus peticiones directamente, aunque muchas de ellas se repitan.

Porque igual que en los mandamientos, la petición de las víctimas vienen a resumirse en dos: Justicia y reparación.

PEDIMOS:

Pido a las autoridades que la tasa de alcohol para conducir sea «cero, cero».

Pido que los quita miedos los pongan de plástico. Mataron a mi hijo

Pido a las autoridades que si una persona al volante da positivo en drogas y mata a otra, pague por ello ya que está en el código penal como delito.

Pido que se cumpla por todos los delitos cometido y no solo se cumpla por el más largo y, que cumplan toda la condena.

Pido que, aquellos que rebasen el límite de velocidad y se lleven vidas por delante, vayan a la cárcel y nunca más puedan coger un coche.

Pido unas leyes más justas, las que tenemos son obsoletas. A mi hija la mató una conductora borracha, sin seguro, sin carné y huyendo de lugar. Máximo son 4 años, mi pena como madre es cadena perpetua.

Pido a las autoridades que comiencen a considerar los homicidios causados por conductores drogados/borrachos como dolosos y no como imprudencias…

Pido que, la persona que mata a otra por ir bebido, pase directamente a disposición judicial, o sea, a la cárcel, que no tenga tantos derechos legales cuando él ha quitado el derecho más importante: ¡ El derecho a la vida!

Pido que, la ley sea más dura a la hora de llevar un dispositivo al volante (móvil, gps…) y no solo se quite puntos, ya que es un arma de matar.  No vas pendiente a lo que tienes que ir y muchas personas lo usan y ¿cómo saben que no les va a pasar nada? Por culpa de que esa persona llevara el móvil en la mano, yo ya no he vuelto a ser la misma, mi persona favorita falleció haciendo lo que más le gustaba.

Pido que, las víctimas de los siniestros viales sean más que un número en una fría estadística. Que se les recuerde y homenajee como a las víctimas de otro tipo de violencia. Que se les brinde el apoyo necesario a sus familias, que quedan abandonadas y deshechas.

Pido que,  los homicidas que maten como consecuencia de conducir un vehículo bajo los efectos de alcohol, drogas y velocidad extrema,  tengan la categorización de asesinos y como tal sean juzgados con las mismas penas que cualquier otro asesino. Además,  tipificar en el código penal estos delitos como de VIOLENCIA VIAL. Así mismo,  pido que las víctimas directas e indirectas de la VIOLENCIA VIAL tengan el mismo apoyo que cualquier otro tipo de víctimas (violencia de género, terrorismo).

Pido, «Juzgados Especializados en Siniestros de Tráfico» al igual que existen para otro tipo de delitos; y especialistas que hagan un conveniente seguimiento, atención y apoyo a las víctimas. Os recuerdo que ya no existen las Unidades de Atención a las Víctimas (UVAT), y que es una demanda que llevamos años en curso para que tan necesaria atención exista en hospitales como en sedes judiciales. Otra de mis peticiones es que ante determinados delitos de gravedad se retire el carné de conducir para siempre y que los antecedentes penales por estos asuntos no caduquen a los 5 años

Pido, que las condenas sean más duras. Ahora,  matar a alguien con un coche, si no tienes antecedentes,  sale gratis. En mi caso,  este individuo se metió en un parque infantil, había bebido. La sentencia fue de menos de 6 meses de prisión, pero no por la muerte de mi hijo si no por coger el coche con el permiso retirado.

 Pido, que ningún inocente se quede sin justicia como le pasó a mi hijo. Después de 9 años seguimos luchando.  Mi hijo se merece que se haga justicia. Matar no puede salir gratis.

Gobernantes, políticos, instituciones, las víctimas de siniestros viales, exigimos justicia y un trato igualitario a otras víctimas, por ser inocentes, y en número, el mayor que existe.

De vuestra mano está el ejercer dicho cumplimiento.

Víctimas de Siniestros de Tráfico, por el día Mundial en Recuerdo de la Víctimas de Siniestros Viales.

15 de noviembre 2020.

Gracias, madres, por aunar fuerzas.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, que murió por culpa de un conductor borracho.

www.quieroconducirquierovivir.com

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Paula y el Ratoncito Pérez

Hoy he encontrado un cuento que escribí hace mucho tiempo y que tenía perdido, porque ni siquiera sé si lo llegué a publicar en aquella página que los tenía y desapareció, o si no lo hice nunca, ni en este blog, ni en donde se encuentra todos Los Cuentos del Hada Helena, porque este cuento está escrito para una niña, que vino a los pocos meses de irse Helena, y para mi fue algo muy especial.

Lo siento, pero no lo puedo copiar con la letra que utilicé para el cuento original. Aún así, me parece un cuento especial porque cuenta la historia del Ratoncito Pérez.

Os lo recomiendo para que lo leáis a vuestros niños cuando pierden los dientes. Y ya sabéis que estos cuentos, de los que soy autora, podéis imprimirlos, son gratis, pero haced buen uso de ellos:

Los cuentos del hada Helena

Paula y el Ratoncito Pérez:

Paula tiene siete añitos y es una niña preciosa con el pelo rubio y los ojos claro

La conozco bien aunque yo me había marchado cuando ella nació. Sí, ella casi lleva el mismo tiempo en la tierra que yo en el mundo de las hadas.

El hada Helena

Cuando Paula era pequeñita pasaba a mi casa y se sentaba en mi sillita, la que me fabricó mi  abuelo. Y  pintaba con mis colores. También veía mis cuentos o se los llevaba para que se los leyeran sus papás, pero sabía que después los tenía que devolver. Mis padres no querían desprenderse de ellos.

Ahora, Paula, que lleva uno de los nombres que más le gustaba a mi mamá cuando yo nací, va a tener un hermanito, y también tiene una primita que se llama Yaiza.

Paula ha comenzado a cambiar los dientes, pero seguro que no conoce la historia de cómo se llamó al ratoncito Pérez   y cómo se llama en otros países al personaje que se lleva los dientes de los niños y a cambio les deja un obsequio. Por  ejemplo:

En los países de lengua inglesa es “el hada de los dientes” (Tooth Fairy en inglés),  la que  cuando a un niño se le cae un diente y lo coloca debajo de la almohada mientras duerme, se lo cambia por un pequeño regalo o por monedas.  En los países de habla castellana se le reconoce como «Ratoncito Pérez», con la excepción de algunos lugares de México y Chile en donde se le dice «el Ratón de los Dientes» y en Argentina, Venezuela, Uruguay y Colombia simplemente «El Ratón Pérez». En Francia se le llama «Ratoncito» (la petite souris en francés), en Italia se le conoce como «Topolino», «Topino» (Ratoncito) o «Fatina» (Hadita). En Cataluña esta tarea es encomendada a «l’Angelet» (el Angelito), en el País Vasco -sobre todo Vizcaya-, se encarga «Maritxu teilatukoa» (Mari la del tejado) y en Cantabria es «L´Esquilu de los dientis» (La Ardilla de los dientes). Y  en algunos lugares es tradición tirar los dientes de los niños a los tejados de las casas.

Pero realmente quien puso el nombre al ratoncito Pérez fue el jesuita Luis Coloma  a quien le pidieron que escribiera un cuento para el rey Alfonso XIII, allá por el año 1894.

El padre Coloma escribió un cuento explicando cómo era este personaje.

El ratón vivía con su familia dentro de una gran caja de galletas, en el almacén de la entonces famosa confitería Prats, en el número ocho de la calle del Arenal, en el corazón de Madrid, a unos cien metros del Palacio Real. El pequeño roedor se escapaba frecuentemente de su domicilio y, a través de las cañerías de la ciudad, llegaba a las habitaciones del pequeño rey Bubi I (Así era como le llamaba la Reina  MaríaCristina a su hijito Alfonso XIII)

También a las habitaciones de otros niños más pobres que habían perdido algún diente, despistando a los gatos, que siempre estaban al acecho.

Y yo sé todo esto porque me lo ha contado el hada de los dientes, y como es mi amiga, le he pedido un favor:

Que en tu caso, además del ratoncito Pérez, ella te dejara un regalo en mi casa.

Me costó mucho convencerla porque decía que cómo iba a hacerlo si en mi casa no estaba tu diente pero yo le prometí que ella encontraría un diente.

Y ahora te voy a contar cómo lo he hecho:

Cuando yo era pequeñita, algunos dientes comenzaron a salirme antes de que hubiera perdido los anteriores. Entonces, mi mamá tenía que llevarme al dentista y me tenían que sacar los de leche para que hubiera espacio para salir los otros.

Como no se me caían solos no podía dejárselos al ratoncito y mi mamá los guardaba en una pequeña cajita.

Entonces, esta noche, cuando todos dormían y antes de que mi amiga “Hada de los dientes” llegara a casa, he cogido uno de mis dientes y lo he puesto debajo de la almohada de mi mamá. Cuando el hada de los dientes  ha llegado, ha encontrado el diente y te ha dejado tu obsequio.

Sé que es una pequeña mentirijilla pero me hacía ilusión que esos dientes que yo no pude dejar al ratoncito sirvieran para conseguir alguna recompensa.

Quería hacer lo posible para compensarte por ser la primera persona que le pintó a mi mamá una mariposa, que es lo que yo soy ahora.

¿Te acuerdas de este dibujo?

Dibujo hecho por Paula

No creo porque tú eras muy pequeña, pero mi mamá lo guardó con mucho cariño.

Ahora, tienes que esperar a que te salgan nuevos dientes. No tienes que tocarlos con la lengua, dicen que para que salgan rectos, tienes que cepillarlos siempre que comas, y no abusar de la “chuches”.

Y  colorín colorado este casi cuento se ha acabado.

Ya sabes, cuando veas revolotear una mariposa cerca de ti puede que sea yo, Helena, el hada Helena.

El hada Helena.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

Notas de la Autora:

Los Cuentos del hada Helena son cuentos sobre seguridad vial o víctimas, especialmente de siniestros de tráfico.

*Este cuento está escrito sin ánimo de lucro

*Todos los derechos son de su autora, Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

*Puedes encontrar más cuentos del hada Helena, en:

http://cuentosdelhadahelena.soopbook.es/

© Reservados todos los derechos.

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El Cine y la Realidad

Las calas de Helena

Un Don Especial. “A Gift of Miracles”

Mi psicóloga me decía que hay familias que después de una muerte traumática, pierden el norte, la cabeza, y se pasan el día viendo televisión. Yo no veo televisión, yo veo películas que ponen en televisión, y aunque estoy de acuerdo en que se pierde un poco la cabeza, mi gusto por el cine me viene de pequeña, me lo transmitió mi padre y esas tardes de cine con él.

Admito que me evaden, pero sigo viendo el cine con los mismos ojos de niña, y sigo haciéndome las misma preguntas que le hacía a él:  ”Y ahora qué…, por qué se ha muerto… y la niña… y dónde se van…”. Para mí, una película nunca termina con la palabra Fin.

Y desde que mataron a mi hija, ya no me importan las películas por su valor artístico, o por los actores, me gustan por lo que transmitan, por el mensaje, por lo que me hacen reflexionar.

Ayer, vi una de esas películas que las televisiones parece que compran al peso. Sin actores conocidos, simple, a primera vista,  pero enseguida me enganchó por el tema y porque me recordó a dos personas.

“Un Don Especial” se llamaba, pero no la busquéis por  el nombre que le ponen en español porque no la encontraréis. “A Gift os Miracles” es su título original.

Trataré de no destriparla mucho para los que estén interesados en verla, pero básicamente es la historia de una joven científica que está preparando su proyecto de doctorado (de ahí el recuerdo de mi sobrina), y le ponen como apoyo  a un profesor para ayudarle a escribir dicho proyecto (¿te imaginas, Diana?), y comienzan a suceder una serie de “coincidencias”, para algunos, los que racionalizan;  señales, para los que quieren creer que hay una esperanza, un más allá,  en estrecha relación con la proximidad del cumpleaños de la madre de esta joven que había muerto en un siniestro de tráfico. Y aquí es cuando me recuerda a la segunda persona, una niñita de pocos años, que ayer conmemoraba el segundo aniversario de la muerte de su joven madre, por culpa de un conductor borracho.

Y cómo no, a mi propia experiencia.

Es muy probable que a los que no han vivido un hecho así, esta película sea una tontería que no les diga nada, pero a mí, incluso el final, me hizo reflexionar y pensar.

¿Qué habría hecho, pensado, sentido, si el borracho que mató a mi hija hubiera muerto también ese día?

¿Se podría dar la misma situación en la hija de Ana cuando fuera mayor? En este caso, en la realidad  tampoco se podrá dar porque el que mató a su madre tampoco murió. Porque, casi llego a pensar,  que los conductores borrachos nunca se matan ellos, sino los demás. Eso solo pasa en las películas.

Como que en una Universidad te ponga un profesor para ayudarte a «solo redactar» tu doctorado. Al menos en España.

Ojo, Diana, en la película, la ayuda, la inspiración para redactar el trabajo, la ponían, la centraban, en los sentimientos. Quizás esto te sirva de ayuda.

Un fuerte abrazo a la familia de Ana, y en especial a esa niñita que vivirá sin apenas conocer a su madre, como en la película, pero en este caso no es una película, es la realidad más cruel que viven miles de huérfanos de siniestros de tráfico, de los que nunca se habla.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, que murió por culpa de un conductor borracho.

www.quieroconducirquierovivir.com

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Treinta y seis

Querida hija: Feliz cumple sin velas. Treinta y seis, probablemente ya me habrías hecho abuela, pero no se trata de lo que yo no pude ser, sino de lo que tú no pudiste vivir, lo que te arrebataron.

Hace treinta y seis años yo estaba muy asustada, y preocupada.  Y no era por el riesgo que pudiera correr, era la preocupación normal de una madre: estará todo bien.

Entonces, no se hacían tantas pruebas ni ecografías como hoy en día. Creo que a mí solo me hicieron una a los siete meses y entonces fue cuando me enteré que eras una niña.

Te recibí temblando y llorando por el esfuerzo realizado. Te abracé con miedo y mis muñecas quedaron manchadas. Y desde ese preciso momento, mi vida, nuestras vidas, cambiaron. Nada volvió a tener tantas importancia como tú. Toda nuestra vida giraba en torno a ti. Nuestro objetivo y nuestra vida eras tú. Eras lo más importante. Y lo sigues siendo. Pero, ahora, la pena es inmensa.

No sé cuantas veces digo, al cabo del día, ¡ay, qué pena! Se ha convertido en un tic, un latiguillo, ya ni me doy cuenta de que lo digo. Nada que ver con el sentimiento con el que te recibimos.

Querida hija, eres lo más importante que nos ha pasado en nuestra vida, un día, hace treinta y seis años. Y ahora, quince años después, dieciséis cumples sin velas, ya nada tiene sentido, solo estamos haciendo tiempo para llegar al final.

Siempre serás nuestra hija favorita, como te decía para hacerte de rabiar. Y siempre, eternamente joven, porque el tiempo se paró en las fotos, igual que se nos congeló la verdadera felicidad.

Y seguimos queriéndote como ese primer día que viste la luz, o quizás más.

Después de las innumerables calas que han dado las macetas, hoy todavía hay una para acompañar nuestra tristeza.

Las calas de Helena

Siempre joven. Eternamente joven. Siempre nuestra hija. Y nos hubiera gustado que vivieras eternamente. Tú deberías habernos enterrado, nunca al revés. Y nos faltan tus besos. Te queremos.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por culpa de un conductor borracho.

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La Ventanilla

Como ya sabéis, de pequeñita yo vivía en una mina. Sí, sí, ya sé que no era dentro de la mina, sino en una de esas seis casas que existían en las dependencias del pozo de mina, pero a mí me gusta contarlo así.

Durante tiempo, era la única niña que existía en ese lugar y tuve que inventarme historias, amiguitos y juegos con los que entretener mi vida. Hacía una segunda voz para replicar mis comentarios y así no echaba en falta un compañero de juego.

Y uno de mis juegos favoritos era ponerme frente a una silla, apoyarme en su asiento a especie de mostrador, y utilizar el respaldo de la misma como si fuera una ventanilla. Y a través de ella, vender, ser empleado en una oficina, una farmacia, etc.

Porque cuando yo era una niña,  mi mundo fuera de casa, estaba siempre separado por un mostrador, aveces con vitrina y en algunos casos, con una ventanilla. Alguna farmacia; muy frecuentada por mis padres a causa de mis ”maluras”; alguna mercería, donde mi madre compraba esos hilos de diferentes colores, o donde le forraban los botones con la tela del vestido que me hacía; el taller del relojero; o alguna de aquellas tiendas que vendían las legumbres, el bacalao, las latas en conservas o el aceite, muchas tenían una separación de cristal, a cierta altura, y un hueco en el centro, por donde le daban a mamá lo que compraba.

Y la oficina de la mina, cada mes, pagaba a los mineros lo hacía a través de un ventanuco. Y una pobre con una pierna de chapa (como la de un robot), se ponía allí para que alguno de los mineros le diera algún centimillo. Cuando ya éramos más niños en aquel lugar, esta era una forma de diversión para nosotros. Ver la aglomeración de hombres, haciendo cola para cobrar. Algunos, aprovechando que acababan de terminar su turno, podíamos verlos con la cara aún negra y el casco puesto.  

Y cuando fui más mayor, conocí algún bancos que también tenían estas ventanitas.

Más de sesenta años después, he conocido cual fue, en principio, el origen y el motivo de esta forma de separación entre el vendedor y el cliente, entre el administrador y el empleado.

Sí, prácticamente el mismo que ahora mismo está llevando a poner mamparas en supermercados, farmacias, cafeterías o tiendas: otras epidemias.

Creo que aquellas que recuerdo eran los restos que quedaban de lo que en su día fue para evitar el contagio de la tuberculosis.

Y también creo que por los años 80-90, muchas farmacias las pusieron, pero esta vez fue por otra epidemia: la de la droga.

Después, «la ventanilla» estuvo siempre ligada a la Administración y al funcionario. Hay, chistes, viñetas, escritos y hasta canciones, sobre este tema.

Así que para los que tenemos muchos años,  esta nueva transformación de la sociedad en mamparas de cristal o metacrilato, sí, más modernas o más abiertas, no es una novedad. Claro que, entonces, yo le pedía a mi madre que me aupara para poder ver lo que había más allá del mostrador o de la ventanilla,  y ahora ya no me puede aupar nadie, ni tengo a quién aupar.

Y también hay otra gran diferencia. Esas cintas que colgaban del techo como si fuera una especie de tripa (para los niños de entonces), semejante a un rollo de cinta Celo (para los niños de ahora), y cuya misión era que se quedaran pegadas las moscas, en aquellos locales donde se vendía comida.

Y lo que seguirá igual es que, entonces, para mí el mundo era enorme e inalcanzable, y ahora, nuevamente, el mundo se me hace inalcanzable porque ya no me queda demasiado tiempo.

Flor Zapata Ruiz, madre de Helena, muerta por la acción de un conductor con alcohol.

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