Caballo de Troya Siglo XXI

Caballo de Troya Siglo XXI

RELATO PARA EL DIA DE LA MUJER

Después de nueves meses y tres días dilatando, por fin, encima de la cama estaba esa “cosita”, redondita, coloradita y llena de pieles secas y que todavía no tenía un nombre.

La madre, una mujer de 30 años, mayor en aquellos tiempos para tener hijos, era una trabajadora, ama de casa y estudiante de último año de Historia del Arte. Demasiadas cosas para ser madre también.

Cuando la pusieron sobre el vientre de la madre, todavía manchada de sangre y restos de placenta, estaba arrugadita como un viejito, la comadrona, con voz de experiencia, enseguida grito ¡esta niña está pasada! Y el ginecólogo, al que casi nunca le coinciden sus cuentas con las de las madres, dijo, “de eso nada”.

La madre cruzó sus brazos sobre el cuerpecito de esa especie de conejito y sus muñecas quedaron manchadas de sangre. Rompió a llorar por el esfuerzo, los nervios y la emoción.

Esa imagen de las muñecas manchadas de sangre, se repetiría una y otra vez en la cabeza de esa madre, 20 años más tarde.

Veinte años más tarde los lloros no eran por el esfuerzo y la emoción, no había manchas de sangre en las muñecas. La madre se las frotaba intentando que esa sangre brotara, ¡era tanto el dolor, la rabia, la angustia que sentía!

Como estudiante de arte, estaba totalmente enamorada de la cultura griega y romana, sus dioses, su mitología, cada nombre tenía una historia tan impactante que era irresistible no pensar en alguno de ellos para ese futuro niño que iba a venir. Si era niño, Marco o Leandro, este último iba cada noche a ver a su amada, aprovechando la bajada de la marea, pero una noche se entretuvo más de la cuenta y murió ahogado.

Si era niña, había tantos, Diana, Aurora, Cloe, Atenea, Helena. Esta última era la más bella, se produjo una guerra por ella.

Ya en la habitación, viendo aquel cuerpecito con abundante pelo negro, con unas manitas regordetas y con una cara gordita y sonrosada, pensó que aún no habían decido como la llamarían, de momento lo que más lesalía era “cosita”.

Por fin ¿cómo la vamos a llamar?, esos nombres romanos y griegos que tu propones me parecen muy raros, a mi me gusta Elena. Dijo el Padre
Entonces será Helena con “h”, como la de Troya. Le contestó la madre.
Ya veremos que dice el oficial del registro.

Y así comenzó la historia de Helena con “H”, un nombre ligado a una gran historia, la historia de Helena de Troya una historia de belleza, amor y guerra y conocida por un caballo, caballo de madera, que permitió ganar una batalla.

20 años después, este nombre iría nuevamente ligado a caballos, esta vez no eran de madera, eran caballos de fuerza, de metal y también de destrucción.

Helena siempre estaba orgullosa de su nombre, cosa que su madre dudó nada más ponérselo, pensando, ¡Dios mío!, toda la vida diciendo “Helena con h”, me odiará por ello. No fue así y orgullosa ella decía “Helena con “h” como la de Troya”.

Durante 20 años la madre de la Nueva Helena de Troya, quiso ser una superwoman, terminó sus estudios de Arte, trabajaba fuera y dentro de casa, llevaba a su hija al colegio, a natación, a tenis, a piano, a baile a todo lo que la nueva Helena de Troya quería aprender o aquello que sus padres pensaban que le podría venir bien para su educación.

Su padre, que a pesar de los tópicos siempre quiso tener una niña, era el encargado de hacer de taxista en fiestas, cumpleaños, ferias, eventos y por supuesto cuando empieza a ser una jovencitas que comienza a salir por la noche.

Así hasta que la nueva Helena se convierte en una mujer autosuficiente y por supuesto, ya no quiere a sus padres para que la lleven y la traigan. ¡Ya tiene carnet de conducir!. Ahora quien se queda sin coche es su madre.

Estamos en el siglo XXI, pero la historia ha cambiado muy poco.

Existen nuevos caballos de Troya. Existe el Dios Baco, que invita a beber y las guerras son distintas, pero el resultado el mismo.

Un día un hombre que jugó con el dios Baco, y se llenó de alcohol, después tomo un caballo de metal e hierro, el caballo más peligroso del siglo XXI, aquel que produce las mayores muertes en este siglo.

Este caballo llevaba en su interior sólo un hombre, no como el de Troya, pero ese hombre, lleno de alcohol, logró ganar el sólo esta guerra, una guerra que dejó destrozada a dos familias, a muchos parientes y amigos y en la cuneta una vida.

Helena, al revés que la de Troya, murió en esta guerra, murió entre los hierros retorcidos del caballo de metal que ella conducía. Ella era bella como la de Troya, pero no había producido ninguna guerra por amor, el amor de su vida iba en el asiento de al lado, ella no iba a ninguna guerra, ni adoraba al dios Baco, al revés.

La madre de Helena sintió que de nada había servido todo el esfuerzo realizado para superarse como persona, todo el tiempo quitado o robado para poder disfrutar de su única hija, a la que pensaba tener durante muchos años, ahora se terminaba y acuciaba más la pérdida y el fracaso.

Esos pocos veinte años, compartidos con trabajo fuera de casa, cursos, trabajo del hogar, prisas, nervios, preocupaciones, en qué poco se habían quedado. Se encontraba estafada además de con un inmenso dolor.

Pertenecía a una nueva generación que había tenido la posibilidad de estudiar, que había intentado progresar, participar en lo que se llamaba “La liberación de la mujer”.

Les dieron la posibilidad de trabajar, pero no la de progresar, las mujeres trabajaban casi siempre como apoyo, muy pocas dirigiendo y siempre cobrando menos que los hombres.

Tenían la suerte y la posibilidad de ser madres, pero no la de disfrutar de esos hijos todo lo que querían. Había que trabajar. Por entonces, había que demostrar que el hecho de tener hijos no te impedía trabajar, tenías que convencer que el empresario que tomara una empleada, no iba a ver mermada la productividad de esta porque fuera madre. Muchos de ellos se negaban a tener mujeres que fueran madres porque faltarían cada vez que el niño se pusiera enfermo.

Por aquellos tiempos no existía la conciliación entre vida familiar y laboral y aquella mujer que pedía una excedencia para cuidar a su hijo, no volvía a recuperar su puesto.

Por entonces 3 meses de maternidad y vuelta a trabajar. Había que mantener un puesto de trabajo que permitía pagar una hipoteca junto con el sueldo de tu marido. Además, querías perder todo lo conseguido: estudios, trabajo, dinero. La famosa liberación

Ahora perdía el único progreso que había conseguido, la única labor bien hecha, lo único por lo que merecía vivir, su hija. Se había convertido en una madre de una víctima inocente, en una madre sin hijos.

No le faltaba razón. Una madre más loca de dolor, madres que se empeñan en ganar la guerra de la vida y que les arrebatan lo más preciado, la vida de sus hijos.

Helena con su muerte también produjo una guerra. La que su madre emprendió para concienciar a la sociedad de que el alcohol y los nuevos caballos del S.XXI, no podían terminar con los hijos e hijas que las mujeres traían al mundo.

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Este relato es un homenaje a las madres que han perdido a sus hijos/hijas por las guerras que comienzan otros, por el alcohol o las drogas que consumen otros, por la violencia de maridos o novios, por el terrorismo que propician hombres con ansia de poder, intolerancia o fanatismo, por la desidia de tantos y por la culpa de todos.

Perdonad que en este día recuerde sólo el nombre de hijas.

Hijas de todos: Toñi, Mirian y Desirée, Anabel Segura, Mar Herrero, Rocio Wanninkhof, Sonia Carabantes, Sandra Palo, Sandra Martinez……………..Helena y muchas miles más.

Flor Zapata Ruiz
Madre de Helena Castillo

Publicado jueves, 08 de marzo de 2007 19:04 por FZ_madredHelena
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Acerca de Flor Zapata

Desde Abril de 2005, soy Flor Zapata, madre de Helena. Ese es mi pie de firma desde que escribo para concienciar sobre los peligros de una conducción no responsable.
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