Los ángeles de Navidad

Este año no iba a haber “cuento de Navidad”, creía que era suficiente con la “felicitación de Helena”, pero han surgido demasiadas cosas que apuntaban a que era algo que faltaba. Además, este es el décimo año sin la presencia de Helena en estos días. Una década es mucho.

Al final aquí está mi Cuento de Navidad. Este año, ángeles. Feliz Navidad a la gente buena de esta tierra.

Los Ángeles de Navidad

Todo comenzó unos días antes. Viendo su serie favorita, ella le dijo:

-Son ángeles.

-¿Cómo van a ser ángeles?

-Te digo yo que son ángeles.

-Y tú cómo lo sabes

-Porque estamos en Navidad, y siempre aparecen ángeles para hacer milagros.

-Qué tontería.

– No es ninguna tontería. Los niños que iban a cantar los villancicos han enfermado y se han quedado sin voz. Y esos que han llegado al pueblo, que son tantos y nadie sabe quiénes son ni a qué se dedican, son ángeles y les van a sustituir. Ya verás como cuando sea el día de Nochebuena, ellos son los que cantan.

Como desde hacía diez años, cada navidad huían del mundanal ruido y se refugiaban en su isla desierta, en su paraíso perdido. Allí, olvidaban las fechas que eran, se escondían o retiraban, y se dedicaban a leer, escribir, pasear, u otros menesteres de simple entretenimiento. La televisión era también otra compañía.

Él se dedicaba  a leer, este año el libro elegido era “así empieza lo malo”. También era un título afín a su situación, aunque ellos ya se habían acostumbrado a “lo malo”. Y, a pesar de que, con el paso del tiempo, ya casi no les molestaba la felicidad de los demás, en esos días, este retiro voluntario era una forma de decir, estoy en duelo.

Por la mañana, él, desde la puerta, le dijo:

-Voy a por pan, mañana día de Navidad no habrá.

Nada más cerrar la puerta, comenzó a rezongar si él se iba a la calle y a ella le tocaba quedarse en casa haciendo las “labores propias de su sexo”.

Solo fue un momento, un pensamiento fugaz que se marchó igual que llegó y no le hizo apartarse de sus tareas. Y así seguía cuando de repente un golpe le hizo soltar la sábana que extendía sobre la cama para reconocer que ese ruido se correspondía con la caída y rotura de una maceta.

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Corrió a la terraza para comprobarlo y allí se encontró con una de sus macetas rota en varios pedazos, la tierra esparcida parte por el suelo y en un recipiente donde solía poner trozos de esquejes que mantenía en agua hasta su plantación.

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-Madre mía, menos mal que no estaba el gruñón. Vaya por Dios, y encima es una de las bonitas. Pero… si no hace viento, cómo se ha podido caer.

Comenzó a recoger los trozos y la tierra. Buscaba el resto de la planta para volver a plantarla y así salvarla. Pero según recogía la tierra  cada vez iba viéndose más porción de suelo, y nada relativo a la planta.

-Pero bueno, y la flor que estaba en esta maceta dónde está. ¡Jesús qué cosas!. Ya no solo pierdo las cosas que no sé dónde las pongo sino también las plantas de las macetas.

En la puerta se oyó introducir una llave y en el quicio apareció su marido.

-Ya estoy aquí.

Todavía con el cepillo y el recogedor en la mano salió a recibirle, y con cierta exaltación le espetó.

-José, ¿sabes qué ha pasado?

-Cualquier cosa. ¿Qué ha pasado María?

-¡Que se ha caído una maceta!

-Lo que te vengo yo diciendo y tú no me haces caso.

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-Ya, pero es que es un misterio.

-¿Un misterio? ¿Qué se caiga una maceta?  Cada día estás peor con tus misterios y señales.

-¡Claro que es un misterio! ¿O no es un misterio que se caiga una maceta cuando no sopla ni una pizca de aire? ¿Y no es misterio que aparezca solo tierra y trozos de cerámica y ni rastro de la planta que había en dicha maceta?

-Mujer, estará caída por algún lugar de la terraza.

-Que no, que no, que no aparece.

-Vamos a ver, voy a mirar yo. Seguro que ha saltado y está por algún rincón.

El marido se dirigió a la terraza con aire de autosuficiencia y con la idea clara de que él descifraría ese enigma, ese misterio que su mujer, estaba seguro, ya estaba viendo como una señal.  Esas señales de la que ella decía que no creía, pero que continuamente estaba pidiendo.

-Mari..a, Maríaaaaaaaa,¡ven, ven!

Ella salió corriendo porque esa especie de tartamudeo, o ese grito, no sonaba a un “qué te decía yo, mira donde está”, sino a algo preocupante.

-¿Qué, qué has encontrado?

-Esto.

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Y señalando hacía un rincón, una flor de  pita, seca, como un esqueleto y a modo de árbol de navidad, estaba cuajada de mariposas.

Y colorín,  colorado, este cuento para los que no creen en los milagros de Navidad, ha terminado.

Flor Zapata Ruiz, madre del hada Helena.

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Acerca de Flor Zapata

Desde Abril de 2005, soy Flor Zapata, madre de Helena. Ese es mi pie de firma desde que escribo para concienciar sobre los peligros de una conducción no responsable.
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Una respuesta a Los ángeles de Navidad

  1. Virtu dijo:

    Pues vaya misterio, yo ya vi las alas de mariposa en la maceta rota de la primera foto, fueron ellas, estaba claro! 😉
    O eso o es que se está apoderando de mi el espíritu navideño.

    Un abrazo Flor! Un cuento precioso como siempre…

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